Xalapa, Ver
. - Todo empezó con mucha fanfarria: en abril de 2022 reformaron la Ley Minera y el 23 de agosto de ese mismo año se anunció con bombo y platillo la creación de LitioMx por decreto presidencial. Meses después, el 18 de febrero de 2023, se consolidó la primera gran reserva en Bacadéhuachi, Sonora —la zona Li-MX1, que abarca más de 230 mil hectáreas— y se presumió que ya teníamos indicios en 18 estados, entre ellos Veracruz, Puebla, Oaxaca y Nuevo León.
Nos prometieron que esto significaría nada menos que la soberanía energética nacional, que dejaríamos de depender de otros y que este mineral sería el motor de la riqueza de todas y todos.
Pero a tres años de aquella promesa, la realidad duele: no hay producción, no hay avances y todo se ha convertido en una enorme pantalla para el compadrazgo y el nepotismo.
Lo primero que ocultaron es que en nuestro país el mineral no está en salmueras fáciles de procesar como en el Cono Sur, sino atrapado en arcilla: extraerlo cuesta mucho más, exige tecnología que no tenemos y, por ahora, no es viable económicamente.
Sin embargo, se avanzó por ideología y no por estudios serios, condenando el proyecto desde su nacimiento.
Hoy, LitioMx sigue siendo una empresa fantasma: no ha sacado ni un solo kilo de litio, mientras los expertos calculan que solo explorar costaría unos 300 mil millones de pesos —cuando apenas le han asignado 31 millones, que casi todo se va en sueldos sin que se vea una sola obra en esas miles de hectáreas reservadas.
Lo más grave es que este proyecto, que debería ser de todos, se convirtió en moneda de cambio para acomodar a redes cercanas al poder.
La dirección quedó en manos de grupos influyentes —como el entorno de los Taddei, con presencia en instancias electorales y legislativas—, convirtiendo a la empresa en una agencia de colocación política en lugar de un motor de desarrollo.
Se nos vendió una revolución energética y soberanía, pero lo único real es el estancamiento, el despilfarro y el influyentismo.
Mientras el mundo avanza, México se quedó en el discurso: la soberanía prometida no existe, lo que hay es lodo, promesas rotas y cero resultados.