Xalapa, Ver
.- El transfuguismo es una de las prácticas más detestables de la política, pues de suyo implica una total ausencia de respeto hacia los ciudadanos que le confían su voto a un partido y a sus candidatos, además de que revela falta de compromiso, deslealtad y una enorme simulación.
Quienes brincan de un partido a otro, de una bancada a otra, de un interés a otro, exhiben su proclividad para incumplir lo que ofrecen, su facilidad para mentir y lo sencillo que puede ser corromperles. No es gratuito que los políticos sean el sector más desprestigiado del país a los ojos de la población.
Este tipo de prácticas minan por completo la poca confianza que todavía puedan generar entre la sociedad, que por esa razón termina por volverse apática, por desinteresarse en la política y los asuntos públicos, lo que –todavía peor- se vuelve en su contra, pues esos mismos políticos y políticas sin escrúpulos toman decisiones que terminan afectando –casi siempre en sentido negativo- a la propia gente.
El desdén nos ha salido muy caro, pero sin duda tiene una poderosa razón de ser.
Ningún partido, ningún color, ninguna institución está exenta de lo que representa una degradación de la práctica política pública. Y se da en varios sentidos, de manera circular y hasta cíclica. Cada etapa histórica, coyuntural y política tiene alguien que se deja tentar y corromper. Y para eso, obviamente, tiene que existir un corruptor, que seguramente antes ya fue corrompido también por otro (a).
En los últimos tiempos, en el ámbito de la política veracruzana el transfuguismo se ha convertido no solo en la regla, sino en la vía para mantener y ampliar cotos de poder, para obtener prebendas y para ampliar las posibilidades de acceder a fugaces beneficios.
Porque es claro que una vez que se ha logrado el objetivo y desarticulado la fuerza del adversario, los corrompidos son desechados, precisamente porque no son confiables. Quien traiciona una vez, traiciona
siempre.
Los poderes legislativos, tanto federal como local, son un escenario ad hoc para esta clase de mercenarismo, pues todo se acuerda a partir de la construcción demayorías numéricas. Y cabe reconocer que no es algo nuevo.
Sin embargo, lo sucedido en los últimos días es como para vomitar.
El mismo día que rindieron protesta, cinco legisladores locales que llegaron al Congreso del Estado de Veracruz por partidos como el PT y el PVEM se pasaron a la bancada de Morena, sin siquiera disimular el fraude a la ley y a los electores que eso significa y contra lo que incluso hay disposiciones y criterios legales que, como muchas otras cosas en la era de la autoproclamada “cuarta transformación”, se ignoran olímpicamente.
Más grave todavía fue la cooptación abierta de dos legisladoras que arribaron a la LXVI Legislatura de Veracruz por la vía de la representación proporcional, esto es, como diputadas de partido, que en este caso fue el PRD, que a diferencia de losotros dos que perdieron integrantes, no es aliado del régimen.